Buscando a la Mujer Salvaje

“Por consiguiente, ¿qué es la Mujer Salvaje? Desde el punto de vista de la psicología arquetípica y también de las antiguas tradiciones, ella es el alma femenina. Pero es algo más; es el origen de lo femenino. Es todo lo que pertenece al instinto, a los mundos visibles y ocultos… es la base. Todas recibimos de ella una resplandeciente célula que contiene todos los instintos y los saberes necesarios para nuestras vidas. “… Es la fuerza Vida/Muerte/Vida, es la incubadora. Es la intuición, es la visionaria, la que sabe escuchar, es el corazón leal. Anima a los seres humanos a ser multilingües; a hablar con fluidez los idiomas de los sueños, la pasión y la poesía. Habla en susurros desde los sueños nocturnos, deja en el territorio del alma de una mujer un áspero pelaje y unas huellas llenas de barro. Y ello hace que las mujeres ansíen encontrarla, liberarla y amarla. “Es todo un conjunto de ideas, sentimientos, impulsos y recuerdos. Ha estado perdida y medio olvidada durante muchísimo tiempo. Es la fuente, la luz, la noche, la oscuridad, el amanecer. Es el olor del buen barro y la pata trasera de la raposa. Los pájaros que nos cuentan los secretos le pertenecen. Es la voz que dice: “Por aquí, por aquí.” “Es la que protesta a voces contra la injusticia. Es la que gira como una inmensa rueda. Es la hacedora de ciclos. Es aquella por cuya búsqueda dejamos nuestro hogar. Es el hogar al que regresamos. Es la lodosa raíz de todas las mujeres. Es todas las cosas que nos inducen a seguir adelante cuando pensamos que estamos acabadas. Es la incubadora de las pequeñas ideas sin pulir y de los pactos. Es la mente que nos piensa; nosotras somos los pensamientos que ella piensa.”

Mujeres que corren con los lobos. Clarissa Pinkola Estés.

Hace un tiempo me encuentro en busca de la Mujer Salvaje.

Lo he mencionado anteriormente en este espacio, esta cuestión de buscarme, de reflexionarme. Cosa de locos: es algo que admiro profundamente en las personas que lo hacen y yo lo comienzo a los 30 años… Por eso también, me lanzo a la exploración de lecturas y cine que alimenten el alma femenina. Fueron muchos años en los que por cuestiones de la vida, me alejé por completo de mi Mujer Salvaje y hoy ansío con el alma un círculo de mujeres en el que compartir lecturas, música, reflexiones, té, caminar descalzas por el pasto… en el que nutrir el alma y celebrar el solo hecho de ser mujer. 

“¿Cómo hubiera sido diferente tu vida si, cuando eras joven, la primera vez que sentiste tristeza, una mujer mayor se hubiera sentado contigo? ¿Si se hubiera sentado contigo, como alguien se sentó con ella la primera vez que tuvo sentimientos de tristeza? Simplemente sentado, tranquilamente, quizá en silencio ¿Si se hubiera sentado contigo durante tu tiempo de oscuridad?”

Círculo de piedras. Judith Duerk

Supongo que a muchas de nosotras nos pasa que, en la vorágine de la vida, debemos asumir roles masculinos (amén de las exigencias del mundo en el que vivimos) y olvidamos o descuidamos nuestra Mujer Salvaje. Y lo cierto es que creo (como una expresión de convicción que parte de mi experiencia, no como expresión de duda) que finalmente hace mal este descuido y, en algún momento de la vida, es sano por muchas cuestiones buscarla y reconectarse con ella, con la intuición, la capacidad de escucha y de conexión, la afectividad, la delicadeza, el sentimiento, la nutrición del cuerpo y el alma, con lo femenino, la ternura y la increíble y mágica fuerza escondida y latente que se mueve por debajo de nuestra existencia cotidiana. 

En mi caso, dibujo, leo mucho (de hecho estoy pensando crear una “Pequeña biblioteca de la Mujer Salvaje” entre mis estantes), disfruto del té, medito, cuido (después de tanto tiempo) de mi cuerpo, amo la naturaleza… y últimamente, escribo. Si, solía escribir pero lo cierto es que, como por arte de magia, sucede algo que quise hacer durante mucho tiempo y fui siempre incapaz: llevar un diario o un cuaderno en el que escribo seguido. 

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Quiero compartir un exquisito relato del libro Mujeres que corren… que refleja perfectamente lo necesario de abrazar la oscuridad para crear luz, propia de la Mujer Salvaje:

 

La Loba

Hay una vieja que vive en un escondrijo del alma que todos conocen pero muy pocos han visto. Como en los cuentos de hadas de la Europa del este, la vieja espera que los que se han extraviado, los caminantes y los buscadores acudan a verla. Es circunspecta, a menudo peluda y siempre gorda, y, por encima de todo, desea evitar cualquier clase de compañía. Cacarea como las gallinas, canta como las aves y por regla general emite más sonidos animales que humanos. Podría decir que vive entre las desgastadas laderas de granito del territorio indio de Tarahumara. O que está enterrada en las afueras de Phoenix en las inmediaciones de un pozo. Quizá la podríamos ver viajando al sur hacia Monte Albán 3 en un viejo cacharro con el cristal trasero roto por un disparo. O esperando al borde de la autovía cerca de El Paso o desplazándose con unos camioneros a Morella, México, o dirigiéndose al mercado de Oaxaca, cargada con unos haces de leña integrados por ramas de extrañas formas. Se la conoce con distintos nombres: La Huesera, La Trapera y La Loba. La única tarea de La Loba consiste en recoger huesos. Recoge y conserva sobre todo lo que corre peligro de perderse. Su cueva está llena de huesos de todas las criaturas del desierto: venados, serpientes de cascabel, cuervos. Pero su especialidad son los lobos. Se arrastra, trepa y recorre las montañas y los arroyos en busca de huesos de lobo y, cuando ha juntado un esqueleto entero, cuando el último hueso está en su sitio y tiene ante sus ojos la hermosa escultura blanca de la criatura, se sienta junto al fuego y piensa qué canción va a cantar. Clarissa Pinkola Estés Mujeres que corren con los lobos 27 Cuando ya lo ha decidido, se sitúa al lado de la criatura, levanta los brazos sobre ella y se pone a cantar. Entonces los huesos de las costillas y los huesos de las patas del lobo se cubren de carne y a la criatura le crece el pelo. La Loba canta un poco más y la criatura cobra vida y su fuerte y peluda cola se curva hacia arriba. La Loba sigue cantando y la criatura lobuna empieza a respirar. La Loba canta con tal intensidad que el suelo del desierto se estremece y, mientras ella canta, el lobo abre los ojos, pega un brinco y escapa corriendo ca- ñón abajo. En algún momento de su carrera, debido a la velocidad o a su chapoteo en el agua del arroyo que está cruzando, a un rayo de sol o a un rayo de luna que le ilumina directamente el costado, el lobo se transforma de repente en una mujer que corre libremente hacia el horizonte, riéndose a carcajadas. Recuerda que, si te adentras en el desierto y está a punto de ponerse el sol y quizá te has extraviado un poquito y te sientes cansada, estás de suerte, pues bien pudiera ser que le cayeras en gracia a La Loba y ella te enseñara una cosa… una cosa del alma.

¿Y vos?, ¿estás cerca de tu Mujer Salvaje?

Las fotografías son de la talentosísima fotógrafa Aela Labbé

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